El juego absurdo de lo inhumano, las casualidades vuelan hacia el cielo infértil, un cuerpo corrupto, con la confianza destrozada regada por el piso, la seguridad se esfuma como las sombras en la noche, quien pudo ser tan iluso, tan creativo y soñador de creerse amado. La incapacidad de amar a quien corresponde, la debilidad de querer lo prohibido, la fuerza dentro de la locura del oscuro cajón recóndito en la memoria de donde los recuerdos abundan como la sal en el mar, de donde salen tus ojos a mirarme con compasión a compararlos ahora con la mirada dura de unas pupilas ya muy apagadas.
Rematar un amor, acabar un corazón, humillar una boca, desolar a los ojos, todos sinónimos de tu nombre. Llevas de amuleto mis pronunciadas caderas y utilizas como trofeo mi espalda arqueada con cada vertebra hundida.
Independencia de tu sangre, cariño de tu boca.
Placer escondido en la evocación de un paraíso.
No quiero el cielo y prefiero el purgatorio si en cada paso te veo triunfante.
Largos pasos das, dos hacia enfrente y uno pequeño en diagonal, como un dardo al blanco.
En las manos nocturnas yaces casi siempre, en las pupilas dilatadas de un cuerpo exhausto.
Una bailarina cuya música nunca paró, cuya muerte no acogió, el limbo de los mundos, el baile eterno que darían los ángeles con los demonios, el beso infinito de la infidelidad, todas las cosas se convierten en remolinos, agujeros negros que absorben mis dedos.
Estupidez, sinónimo de amor, heroísmo, nobleza, honestidad, coraje y valentía.
Negar la mierda sería negar al hombre, a su fealdad, su crueldad y su destino hedónico.
El placer de decir groserías no viene más que de su prohibición, el choque entre labios lleno de pasión se dará únicamente en el campo de lo vetado.
El rechazo duele casi igual a un dolor físico, la diferencia radica en que unas cuantas pastillas, una inyección de penicilina y se acaba el sufrimiento, para el rechazo se requieren altas dosis de autoestima, seguridad y crueldad en el corazón.
Redactar una tesis donde tu vida se entrelace sin terceros, donde al corazón se le ame como corresponde, donde públicos sean los besos y sin dueño alguno te declares tú sobre mi cuerpo impuro.
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