- El verano se acaba, las hojas ya son amarrillas, los árboles secos, el sol empieza a caer poco a poco a pedazos, pero esta vez no es dulce como en la primavera, es fuego, ira, venganza. Son pedazos de cielo desolado que caen tan rápido, tan atrozmente justo en tus manos.
Recuerdos que vienen como olas de un mar arrebatado en rabia. Rabia producida por ilusiones, sueños, y algo más allá de cualquier sentimiento: Locura.
Una tarde frente al viejo paisaje en su silla mecedora, ella añoraba la amnesia de varios años atrás.
Así fue como ocurrió la bancarrota de ilusiones y la subasta de un alma ya perdida.
Aun si mañana se acabara el mundo, seguiría deseando vivir a mil kilómetros de esta ciudad tan infestada de rutinas y costumbres falsas.
- Es un instinto básico, está escrito en mis genes, en mi cuerpo, es mi sangre la cual oxigena mi cerebro, en exceso diría yo. Eso explicaría la demencia, las alucinaciones, y las risas dentro de mi cabeza.
- Ella veía un cielo púrpura, nubes azules pero no había nada negro. Eran colores demasiado intensos y profundos. Aunque se me olvido mencionar algo. Ella era ciega.
- Y aceleraba cada segundo más, hasta sentir que nada ni nadie podía pararme. Y en esos 10 km perdí la conciencia. Fue en ese preciso instante, en esa milésima de segundo que la adrenalina se apodero de mi cuerpo. Y para mi fortuna empezó mi adicción.
Maldigo el malparido momento en el cual elegí esta vida. Maldigo el segundo exacto en el que conocí la tranquilidad. Te maldigo a ti. A tu puta existencia. Y si llegase a arrepentirme de maldecirte tendré la certeza de estar mil kilómetros lejos de tu voz.
Eso era un trozo de ponqué helado para mí. Era probar y degustar diferentes sabores, de todos un poco para no hastiarme. Era comer pedacitos de felicidad, de cielo.
No puedo creer que aún leo a diario tus altibajos impredecibles.
- Viviré tan lejos y por tanto tiempo, que todo esto me parecerá un sueño efímero y recordar será como ver imágenes vagas de una película ya gastada y olvidada.
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