Salí a caminar, tome un poco de aire fresco y volví a eso de la medianoche, te encontré escribiendo, te veías tan pacífica, tan sensata, tan fuera de ti misma que sólo me provocaba llegar por detrás y secuestrarte de tu posesión y pedir como rescate pasión y amor.
Me contuve porque recordé lo mucho que te incomoda tener un nudo en la garganta o mejor en la mano, si, un nudo en la mano que demanda una hoja y un lápiz. Podías escribir toda la noche, toda la madrugada pero apenas salía el sol, tu mano simplemente paraba como alguna programación mecánica y cualquier obra o proyecto quedaba estancado hasta que el sol volviese a huir. Me encantaba ver tu pelo inquieto sobre tu cara mientras escribías, tus ojos parecían absorbidos por el movimiento del lápiz. A veces yo soñaba ser ese lápiz sólo para poder ser objeto de tu admiración no porque quisiese que me sostuvieras sobre un pedestal, sino todo lo contrario, que supieras donde se halla mi cuarto secreto en el que se hallan mis cables emocionales débiles y perdidos, mi felicidad, mis miedos, mi rabia, mi tristeza, mi locura, en fin, todo lo que soy. Darte el poder de destruirme y simplemente confiar en que no lo harás, en que me resguardarás en tu universo llenos de pasiones nobles y locuras mansas, un mundo más inocente, más hermoso e infinitamente más joven. Y es que el amor concede a los demás el poder de destruirte o de salvarte.
Un buen día caíste en cuenta de mi peor miedo, de que habían hombres mejores, más fuertes, más atractivos, más pasionales y muchísimo más inteligentes. Así que empacaste tus maletas y te fuiste en busca de ese mejor ser humano que todos deseamos. Recorriste el mundo, los universos paralelos en tus sueños, los planetas escondidos y los oscuros cuartos en tu alma y hallaste en uno de ellos aquél hombre perfecto que siempre añoraste. El ser con el cual sería uno desde hoy y para toda la eternidad.
A medida que te acercabas a él, este más se alejaba, se hacía más pequeño y se esfumaba, como en toda historia nos encontramos con lo que esta prohibido y fuera de nuestro alcance pero como la mujer terca que eres, quieres lo que no tienes, aquello que no puedes ni puedes ni debes. Esa sombra de hombre que esforzando la vida logras ver, está más allá de tus límites
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