Nunca supe agradecer las visitas a medianoche.
Las despedidas se hicieron más cortas cada vez.
Tan crudos mis labios hoy, tan resecas las palabras en mi garganta.
Estira tus ojos y abrázame.
De tanto ya mentir estoy cansada, de tanto fingir ya me aburrí.
Falsedades que se escurren a través del maquillaje, caricias perdidas entre el pelo enmarañado.
Primera pastilla, al fondo con whisky.
Segunda, un trago caro, amargo y escaso.
Tercera, un poco más de vodka, recordemos el sabor de tu espalda.
Cuarta, llevas colgada como collar la vida que me falta.
Quinta, un poco de ardor en el estómago, ahora cambiemos al tequila.
Sexta, tequila para ensoñar la distancia.
Séptima, el siete.. el siete me arranqué las vestiduras y traicioné el amor.
Octava, un vaso vacío, la cabeza adormecida, la costumbre de caer.
Novena, el gusto del abismo, el vértigo.
Décima, un poco más, el corazón aún sigue cabalgando.
Pasar los días dormida, de sueño en sueño. Buscando entre las sábanas el roce de la vida, anhelando entre la cama el tiroteo flameante, la mirada perdida postrada al techo.
Escalofríos ya recorridos, cielos ya perdidos.
Como una botella con fecha de caducidad.
Tenía impreso en su piel, el día exacto del invierno, del frío eterno.
Se cerró para siempre el bar de su mente, no más amores baratos ni penas ahogadas.
Adiós se dijo ella y se fue con los ojos vendados a la cima de la montaña.
Un sonido, fugaz y seco.
Una caída, infinita y suave.
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