Saturday, June 25, 2011
Fidelidad, que palabra tan poco real.
Venimos marcados como los indomables, sin embargo nuestras fuerzas se aniquilan en la cama.
Nuestro pudor acaba donde empieza la coquetería.
Jugar, jugar a ser el peor, jugar a amarnos, jugar a mentirnos, perder apuestas con gusto.
Yo soy la dueña que juega a ser marioneta.
No perdamos la linda costumbre de extrañarnos en los labios de otros.
Sigamos fieles a la traición.
Friday, June 24, 2011
Closed Bar.
Las despedidas se hicieron más cortas cada vez.
Tan crudos mis labios hoy, tan resecas las palabras en mi garganta.
Estira tus ojos y abrázame.
De tanto ya mentir estoy cansada, de tanto fingir ya me aburrí.
Falsedades que se escurren a través del maquillaje, caricias perdidas entre el pelo enmarañado.
Primera pastilla, al fondo con whisky.
Segunda, un trago caro, amargo y escaso.
Tercera, un poco más de vodka, recordemos el sabor de tu espalda.
Cuarta, llevas colgada como collar la vida que me falta.
Quinta, un poco de ardor en el estómago, ahora cambiemos al tequila.
Sexta, tequila para ensoñar la distancia.
Séptima, el siete.. el siete me arranqué las vestiduras y traicioné el amor.
Octava, un vaso vacío, la cabeza adormecida, la costumbre de caer.
Novena, el gusto del abismo, el vértigo.
Décima, un poco más, el corazón aún sigue cabalgando.
Pasar los días dormida, de sueño en sueño. Buscando entre las sábanas el roce de la vida, anhelando entre la cama el tiroteo flameante, la mirada perdida postrada al techo.
Escalofríos ya recorridos, cielos ya perdidos.
Como una botella con fecha de caducidad.
Tenía impreso en su piel, el día exacto del invierno, del frío eterno.
Se cerró para siempre el bar de su mente, no más amores baratos ni penas ahogadas.
Adiós se dijo ella y se fue con los ojos vendados a la cima de la montaña.
Un sonido, fugaz y seco.
Una caída, infinita y suave.
Sigue Ella, toda Ella.
Quería no creer en el amor, sin embargo, el amor era lo único que podía mantenerla viva. Era su diario comer, el aire frío que entraba a su cuerpecito y salía tibio otra vez al mundo, su vitamina favorita, el medicamento que salva a los ancianos de los infartos, era un milagro.
Así lo consideraba ella, un milagro. No creía en una religión pero sabía que un milagro era aquello que no podía explicarse, que parecía sobrenatural y aparecía en los momentos más oportunos y donde hay algo de desesperación. El hecho de que ella considerase el amor un milagro sólo hacia más claro lo que todos sabíamos pero nadie era capaz de decir: Ella era débil.
Su alma noble consideraba el amor como un evento primordial, azaroso, y celestial. Si era un milagro entonces podía rogar, quitarse la dignidad, despojarse del orgullo y hacer entonces cualquier cosa en nombre del amor, que en su cualidad de milagro aparecería sólo unas pocas veces, de manera repentina y sin saber cuándo se irá.
Las almas débiles tienden a ser las más nobles, sinceras y honestas. Dentro de su debilidad, esta la gran fortaleza de la empatía. Son almas vacías que ocupan los lugares de todos y de nadie, que saben lo que siente el otro, ya sea porque lo hayan vivido o simplemente porque entienden. Esa era la mayor diferencia de ella, entendía, comprendía los sentimientos, los impulsos, sabía que había detrás de ellos. Aclaremos aquí, que comprender no significa poder darles una definición, sino lograr sentir compasión hacia el otro, tener empatía y saber que hay detrás de lo que vemos.
Ella no podía darles un significado en palabras, ni en música, pero podía pintar los sentimientos. No sabía explicar el dolor, pero sabía a la perfección pintarlo, pintar todos los tipos de dolores, el del duelo, de la traición, del amor no correspondido, del padre alejado, del hijo abandonado, de la mentira, de la angustia, de la pasión, del amor. Si, en el amor hay dolor.
En el amor están todos los adjetivos malos, los que descalifican a las personas, los sentimientos dañinos que consumen corazones. Por eso, es que el amor causa cataclismos, mata personas y revive a otras, ¿cómo podía existir algo tan perfecto sin la maldad? Se necesita de la maldad para poder proteger semejante perfección, para que el amor sea humano y celestial al tiempo.
Ella, como cualquier otra persona de su especie (los débiles) corría sin dirección, ayudaba a los que se encontrará por el camino sin ningún propósito específico, dormía en cualquier cama donde existiese el amor o en su defecto donde ella lo viese. Su figura pequeña pero algo voluptuosa la hacía ver fuerte, imponente, la hacía parecer de la otra raza, los fuertes. Razón por la cual, dejaba de comer, decía que se alimentaba del teatro, pero de esto hablaremos después.
Por ahora, me basta con decir que deseaba desaparecer de ella cualquier rasgo que la hiciera ver fuerte, que la hiciera ver mujer y llegaría hasta lo imposible para lograrlo, porque ésta era posiblemente su única meta.
Los débiles contenían dentro de su gentil alma un pequeño radar para detectar otros débiles y brindarse amor entre sí. Así como también podían determinar a los fuertes, a los cuales se sabía era riesgoso amar, se trataría de una relación en la que por la condición de desigualdad, uno comería y el otro sería comido.
El débil, por supuesto, sería el alimento del fuerte, sería lo que el amor es para el débil.
Ella se encontraba en una relación así, donde su parejo no llegaba a medianoche, no bailaba con ella el vals de la dulce conquista, sino por el contrario aparecía como un hambriento lobo feroz en busca de su presa, por lo cual hacer el amor era imposible sin violencia, resumían en ese acto su debilidad y fortaleza, su pasión. El deseo que los quemaba por dentro, que ardía por sus venas y se liberaba en un simple y maravilloso orgasmo.
Cometía asesinatos cada vez que hacía el amor, sus pequeños soldaditos que eran su alma morían sin piedad, como judíos en una línea de fuego de los alemanes. Uno por uno, con un tiro en la cabeza. Así que ella se hacía la sorda, para no escuchar el tiroteo, para no sentir. Qué ironía, hacía el amor buscando no sentir, y ese no sentir para ella, era sentirlo todo al tiempo y tan rápido que colapsaran los sentimientos en ese orgasmo, en ese no sentir.
A pesar de ser débil, sabía que su padre era fuerte y por eso ella cargaba dentro de sí, el fuego de la vida, una pasión inmensa que se le salía por los ojos al pintar, fotografiar, escribir, al expresarse. Vomitaba pasión hacia el mundo, un mundo frío y austero donde su arte no era mayor cosa, donde su vida no valía lo suficiente.
Más que pertenecer a los débiles o a las fuertes, sabía con certeza que llevaba el símbolo del artista, tenía tatuado en su alma esta raza tan peculiar, un camino solitario y tortuoso. Por lo tanto, que tuviese raza de artista la hacía más débil aún, sus sentimientos serían dentro su cabeza la mayoría de pensamientos, por lo que podría decirse indiscutiblemente que aquella joven guardaba su cerebro en su corazón.
Frecuentemente tenía deseos suicidas, venía inherente a pertenecer a los artistas, y es que ¿qué artista no ha estado tan exhausto de la vida que prefiere morir? Sentía punzadas en el estómago, en el pecho, en los pies, ardía ese fuego dentro ella y expulsaba sus demonios a través de la pintura, de escritos que jamás saldrían a la luz, de cuadros y paredes que plasmaban una crisis sentimental entre su alma libre y su cabeza encadenada.
Una noche en medio del sexo, se vio frente al espejo y deseo cambiar todos los aspectos de ella, quería ser fuerte e independiente como las demás mujeres que caminaban por las calles de la cordura y de lo terrenal, pero cuando recorrió esas calles sólo se perdió aún más, ese sitio no fue hecho para artistas, no fue hecho para aquella alma tan leve. Sus ojos veían más de lo que debían, le gustaban los hombres y las mujeres. Su boca quería el riesgo, su corazón lo seguro. En ella, se hallaban todas las grandes contradicciones entre el alma y el cuerpo. El aspecto terrenal, los huesos, la piel, los labios, el pubis, deseaban la más pura y simple forma de levedad, el orgasmo, uno tal que contuviera los 5 sentidos, el tacto entre la espalda y las uñas, el olor de las hormonas alborotadas, el sonido de aquella respiración pesada en el cuello, el sabor de unos labios ya con dueño, la vista de un cuerpo escultural siguiendo el vaivén de sus caderas. Sus piernas querían encontrar su molde perfecto en el que sin importar el sitio encajarán a la perfección con su sexo, su espalda deseaba arquearse de maneras imposibles, que contarán sus vertebras una por una, que se excitarán de su pequeña figura elegante, en resúmen, su cuerpo quería un compañero a la par, quería otro cuerpo que buscase la levedad en el encuentro carnal de dos pares de labios, de dos mundos uniéndose en el campo de lo vetado, quería un cuerpo que tuviese ya un dueño y para el cual acostarse con ella representase una traición a su mundo, una infidelidad necesaria, un escape momentáneo de las diversas imposiciones sociales.
Al querer un cuerpo ya con dueño, se negaba la oportunidad de amar. Su cuerpo se negaba a los pequeños besos en un parque, a los abrazos amistosos en público. Su alma, en cambio, rugía por dentro, rogaba por unos brazos que la cuidasen, rogaba por ser dueña del cuerpo de alguien más. Su aspecto celestial buscaba su levedad en el amor, buscaba otra alma tan leve como la suya en la cual sus encuentros fuesen perfectos, sus discusiones fuesen medidas, su pasión se desembocará en sus caricias, quería encontrar la vida que le faltaba, quería encontrar una extensión de su pelo. Su alma pretendía amar a quien quisiera pusiese su mundo a sus pies, al mejor postor que le dejase ser dueña de los impulsos creativos, de los ratos libres, de los juegos infantiles y de su pasado.
Ella, por tanto, era la representante máxima de todas las discusiones, de los miles de intelectuales y filósofos que afirman la separación del alma y el cuerpo, de los millones de años en los que el alma ha querido imponerse sobre el cuerpo, y este en protesta, se libera sexualmente, cambiando así sus ideales y su corazón, dejando al alma en la más pura de sus esencias, simplificándola y elevándola a su máximo punto de levedad.
Traición
El juego absurdo de lo inhumano, las casualidades vuelan hacia el cielo infértil, un cuerpo corrupto, con la confianza destrozada regada por el piso, la seguridad se esfuma como las sombras en la noche, quien pudo ser tan iluso, tan creativo y soñador de creerse amado. La incapacidad de amar a quien corresponde, la debilidad de querer lo prohibido, la fuerza dentro de la locura del oscuro cajón recóndito en la memoria de donde los recuerdos abundan como la sal en el mar, de donde salen tus ojos a mirarme con compasión a compararlos ahora con la mirada dura de unas pupilas ya muy apagadas.
Rematar un amor, acabar un corazón, humillar una boca, desolar a los ojos, todos sinónimos de tu nombre. Llevas de amuleto mis pronunciadas caderas y utilizas como trofeo mi espalda arqueada con cada vertebra hundida.
Independencia de tu sangre, cariño de tu boca.
Placer escondido en la evocación de un paraíso.
No quiero el cielo y prefiero el purgatorio si en cada paso te veo triunfante.
Largos pasos das, dos hacia enfrente y uno pequeño en diagonal, como un dardo al blanco.
En las manos nocturnas yaces casi siempre, en las pupilas dilatadas de un cuerpo exhausto.
Una bailarina cuya música nunca paró, cuya muerte no acogió, el limbo de los mundos, el baile eterno que darían los ángeles con los demonios, el beso infinito de la infidelidad, todas las cosas se convierten en remolinos, agujeros negros que absorben mis dedos.
Estupidez, sinónimo de amor, heroísmo, nobleza, honestidad, coraje y valentía.
Negar la mierda sería negar al hombre, a su fealdad, su crueldad y su destino hedónico.
El placer de decir groserías no viene más que de su prohibición, el choque entre labios lleno de pasión se dará únicamente en el campo de lo vetado.
El rechazo duele casi igual a un dolor físico, la diferencia radica en que unas cuantas pastillas, una inyección de penicilina y se acaba el sufrimiento, para el rechazo se requieren altas dosis de autoestima, seguridad y crueldad en el corazón.
Redactar una tesis donde tu vida se entrelace sin terceros, donde al corazón se le ame como corresponde, donde públicos sean los besos y sin dueño alguno te declares tú sobre mi cuerpo impuro.
Ella.
Ella llevaba a cabo una rebelión en su cuerpo, una revolución escondida, más poderosa que una bomba nuclear, capaz de destruir a los hombres, era una revuelta contra la sociedad, contra lo que nadie decía pero todos sabían.
Ella en sí, era el producto siniestro de pensamientos puros, idealistas, era más que un resultado: la prueba maestra y fehaciente del estado de alerta en que se vivía, de la crisis que el hombre sin dios encontraba en sus entrañas. Se sentía tanto pánico que ya nadie lo notaba, ella se atragantaba en su miedo hasta hastiarse y reventarse el estómago, y cuando ya su cuerpo parase de tragar, vomitaba. Vomitaba en palabras todo lo que jamás pudo con el alimento.
Su compañero, por el contrario, presentaba una sanidad mental anormal para esta época, así que le hablaba, la calmaba; hasta una roja tarde de primavera en la que estallaron en peleas. La rabia les había ganado. El cerró la puerta de su habitación con desprecio, bajo al lobby, le pidió un nuevo cuarto a la recepcionista y le gritó colérico que no importaba el dinero, ella haciéndose la indiferente le arrojó otra llave y anotó su nombre en un pequeño papel junto al teléfono: Andrés García.
Ella nunca había aprendido a controlar sus emociones, su actividad más frecuente, su costumbre más cruel era atiborrarse sin parar, llenarse las tripas de mentiras, de basura. Su sentido más agudo era su paladar, saboreaba todo lo que tocase sus labios, las locuras, los besos, las verdades, la hipocresía. Pero su alimento favorito eran las emociones ajenas, los ambientes cargados de almas afanadas y los ojos de los mentirosos. Comía y comía, degustaba lentamente entre sus dientes, masticaba, pasaba saliva, bajaba el alimento y agrandaba la úlcera de su estómago, se llenaba más no se encontraba satisfecha. Se devolvía la comida por el esófago, trasbocaba. Hallaba el mismo placer sentimental en vomitar y en comer.
Para contrarrestar su ansiedad de regurgitar, ponía a dieta su corazón, lo volvía inmune al hambre, así su alma rugiese y se revolcará en sus intestinos. Su autocontrol superaba la mediocridad del hombre contemporáneo a ella, sus anhelos acababan donde empezaban sus deberes físicos.
Se despertó tres días después en un cuarto blanco llena de cables y vías intravenosas, miraba borroso pero alcanzaba a determinar a Andrés dormido en un sillón. Pretendía hablar pero solo salían sollozos, afortunadamente el los alcanzó a escuchar y se reincorporó de inmediato y lo único que dijo despertó por el completo el corazón de ella. Le había revelado sus infidelidades, sus engaños y su deseo de que ella fuese feliz sin él. Al terminar de pronunciar esta sentencia salió de la habitación, le dirigió unas pocas palabras al médico de turno y se fue. Se había ido para no volver, para cambiar de vida y le había dejado su corazón, ya que este solo era como un accesorio que colgaba de esa marioneta dura y blanca que se hacía pasar por Andrés.
Ella, que tanto luchó, que lidero las mil batallas, que proclamó cada vez un territorio como suyo en aquel cuerpo extraño que habitaba, que acabó por conquistar la mente humana, soltó las cadenas y las destruyó.
Sin analizarlas ni entenderlas, y si esas cadenas unían sus brazos y piernas con su tronco, y sostenían su cabeza, entonces ella se hubiese destruido a sí misma sin el menor conocimiento, sin las ganas de un suicidio, sin nada más que su propia mente.
Ella fue, es y será el eslabón que une lo perfecto y puro con lo oscuro y lo húmedo, el hilo de oro entre los opuestos, entre el todo y la nada.
¿?
El corazón cabalgaba directo hacia su pecho, como una lanza en llamas, como un dardo envenenado se clavo en el centro de sus costillas. Le expulsó el aire de sus pulmones, le sangraron los ojos, se le desfiguro la boca, sus costillas se partieron, su tráquea se expandió y se cerró, sus manos quedaron suspendidas en el tiempo, sus piernas se partieron hacia atrás, sus pies fijos en el suelo dejaron las dos marcas de un corazón herido. Su mirada partió el firmamento de aquél día, aquel intenso rayo de sol que se colaba por la ventana de su boca. Una playa, ese fue el escenario que se imaginaba mientras sucumbía ante las palabras, que más que palabras, sentía que eran cigarrillos apagándose contra su cuerpo, causando llagas, quemaduras, ardor. La muerte del alma se encuentra en las palabras atemporales que ponen al cerebro en pausa y al corazón en silencio.
La crueldad que había existido en ese momento en el mundo entero no se comparaba con aquel crimen, aquel asesinato a sangre fría de la pasión, del deseo, del amor, de la nobleza. Aquella muerte representaba todos los hombres débiles que habían sido esclavizados y golpeados hasta sangrar por ser precisamente los débiles. La ventaja del fuerte sobre el enfermizo que presta su servicio leal y sincero al poseedor de su corazón. La debilidad del hombre se halla en donde la razón pierde su sentido y el sentido se vuelve un palpitar continuo y eterno enjaulado en las costillas. Su muerte representaría la máxima entrega, el último sacrificio hecho por un hombre para un hombre. Daría lugar a la entrega del cuerpo físico para llenar el vacío en el alma del otro, renunciar al peso y darle levedad a su alma, para que así pueda entrar por sus ojos y quedarse para siempre en el aire que respira, para drenarse hasta su cerebro y desenredar sus palabras.
Con el fin último de lograr entender aquellas letras que juntas pronunciaban una sentencia anticipada, una pena de muerte que se esbozo desde su primer vistazo al mundo, aquella pistola que por dentro cargaba una bala diminuta, ínfima en el universo, que por azar y destino se disparó en dirección de su rojo pañuelo con tres palabras adentro: No te amo.
Ausente
“Y has de ver el tornado de mentiras revoloteando sobre edificios grises y sombras semejantes a personas, y has de ver un arcoíris de falsedades, de ideologías vacías, sobre un cielo que ahora es de lunes.”
Has oído repetir esto una y otra vez al loco de la calle 69.
El olor a lluvia y autopista a las 3 de la mañana mientras caminas hacia tu casa, luego de situarte entre una multitud aristócrata llena de licores caros, ojos vacios y cuerpos de solo huesos.
Piensas que vendrá a la madrugada siguiente, si estarás perdido oficialmente en el reloj como andas usualmente, por lo cual eres llamado inadaptado a la “sociedad”; o si alucinaras con ángeles sobre la cabecera de mármol de tu cama.
Te levantas, continuas bastante ausente y desatento, riegas el café sobre el mesón de la cocina, sin aun bañarte, sales de tu casa y te diriges al trabajo como si fuera cualquier miércoles, ves gente caminando como si tuvieran ya rutas predeterminadas, gente elegante, gente con trajes baratos, gente con zapatos italianos, gente con pintas extravagantes y llenas de color, hombres extraños con ropa suficientemente pegada como para que las mujeres solo miren un lugar, mujeres llenas de pensamientos que parecen hablar solas para ordenar ideas, mujeres entaconadas de mini faldas queriendo siempre llamar la atención y como siempre la misma mujer que ves todos los días, la mujer empresaria, audaz, violenta en su trabajo, a quien como por costumbre sigues, entras al mismo edificio que ella, y subes al mismo tiempo al elevador, ella baja como siempre en ese piso de revistas de temas vacios y esqueletos mostrados como moda, tu actúas como cualquier otro día le sonríes amablemente y ella te evade como ya sabes, aunque en el fondo de tu subconsciente esperas que algún día te devuelva una cálida sonrisa, aunque… no ni siquiera, al menos una sonrisa de esas de fotografía, postizas.
Llegas al piso 11 donde trabajas al lado de personas con aspiraciones a ser dueños de empresas, monopolios, y clubes de hombres de pantalones altos y pelo blanco, pero esta vez en vez de caminar hacia tu pequeño lugar de trabajo de 2x2, te diriges nuevamente al ascensor y oprimes el numero 6, tomas valentía para hablar con aquella mujer que te intimida. Cuando llegas dices ser el corresponsal de una diseñadora y que necesitas hablar urgentemente con ella. Te dirigen hacia una sala donde te sientas en una silla de cuero, esperas… y esperas… pero allí no sucede nada, entonces alucinas con hombres muertos, con mujeres enamoradas, con tragedias y comedias, con dramas, con nostalgias que se dan al creer estar hablando solo por los últimos 475 años.