El corazón cabalgaba directo hacia su pecho, como una lanza en llamas, como un dardo envenenado se clavo en el centro de sus costillas. Le expulsó el aire de sus pulmones, le sangraron los ojos, se le desfiguro la boca, sus costillas se partieron, su tráquea se expandió y se cerró, sus manos quedaron suspendidas en el tiempo, sus piernas se partieron hacia atrás, sus pies fijos en el suelo dejaron las dos marcas de un corazón herido. Su mirada partió el firmamento de aquél día, aquel intenso rayo de sol que se colaba por la ventana de su boca. Una playa, ese fue el escenario que se imaginaba mientras sucumbía ante las palabras, que más que palabras, sentía que eran cigarrillos apagándose contra su cuerpo, causando llagas, quemaduras, ardor. La muerte del alma se encuentra en las palabras atemporales que ponen al cerebro en pausa y al corazón en silencio.
La crueldad que había existido en ese momento en el mundo entero no se comparaba con aquel crimen, aquel asesinato a sangre fría de la pasión, del deseo, del amor, de la nobleza. Aquella muerte representaba todos los hombres débiles que habían sido esclavizados y golpeados hasta sangrar por ser precisamente los débiles. La ventaja del fuerte sobre el enfermizo que presta su servicio leal y sincero al poseedor de su corazón. La debilidad del hombre se halla en donde la razón pierde su sentido y el sentido se vuelve un palpitar continuo y eterno enjaulado en las costillas. Su muerte representaría la máxima entrega, el último sacrificio hecho por un hombre para un hombre. Daría lugar a la entrega del cuerpo físico para llenar el vacío en el alma del otro, renunciar al peso y darle levedad a su alma, para que así pueda entrar por sus ojos y quedarse para siempre en el aire que respira, para drenarse hasta su cerebro y desenredar sus palabras.
Con el fin último de lograr entender aquellas letras que juntas pronunciaban una sentencia anticipada, una pena de muerte que se esbozo desde su primer vistazo al mundo, aquella pistola que por dentro cargaba una bala diminuta, ínfima en el universo, que por azar y destino se disparó en dirección de su rojo pañuelo con tres palabras adentro: No te amo.
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