Friday, June 24, 2011

Sigue Ella, toda Ella.

Quería no creer en el amor, sin embargo, el amor era lo único que podía mantenerla viva. Era su diario comer, el aire frío que entraba a su cuerpecito y salía tibio otra vez al mundo, su vitamina favorita, el medicamento que salva a los ancianos de los infartos, era un milagro.

Así lo consideraba ella, un milagro. No creía en una religión pero sabía que un milagro era aquello que no podía explicarse, que parecía sobrenatural y aparecía en los momentos más oportunos y donde hay algo de desesperación. El hecho de que ella considerase el amor un milagro sólo hacia más claro lo que todos sabíamos pero nadie era capaz de decir: Ella era débil.

Su alma noble consideraba el amor como un evento primordial, azaroso, y celestial. Si era un milagro entonces podía rogar, quitarse la dignidad, despojarse del orgullo y hacer entonces cualquier cosa en nombre del amor, que en su cualidad de milagro aparecería sólo unas pocas veces, de manera repentina y sin saber cuándo se irá.

Las almas débiles tienden a ser las más nobles, sinceras y honestas. Dentro de su debilidad, esta la gran fortaleza de la empatía. Son almas vacías que ocupan los lugares de todos y de nadie, que saben lo que siente el otro, ya sea porque lo hayan vivido o simplemente porque entienden. Esa era la mayor diferencia de ella, entendía, comprendía los sentimientos, los impulsos, sabía que había detrás de ellos. Aclaremos aquí, que comprender no significa poder darles una definición, sino lograr sentir compasión hacia el otro, tener empatía y saber que hay detrás de lo que vemos.

Ella no podía darles un significado en palabras, ni en música, pero podía pintar los sentimientos. No sabía explicar el dolor, pero sabía a la perfección pintarlo, pintar todos los tipos de dolores, el del duelo, de la traición, del amor no correspondido, del padre alejado, del hijo abandonado, de la mentira, de la angustia, de la pasión, del amor. Si, en el amor hay dolor.

En el amor están todos los adjetivos malos, los que descalifican a las personas, los sentimientos dañinos que consumen corazones. Por eso, es que el amor causa cataclismos, mata personas y revive a otras, ¿cómo podía existir algo tan perfecto sin la maldad? Se necesita de la maldad para poder proteger semejante perfección, para que el amor sea humano y celestial al tiempo.

Ella, como cualquier otra persona de su especie (los débiles) corría sin dirección, ayudaba a los que se encontrará por el camino sin ningún propósito específico, dormía en cualquier cama donde existiese el amor o en su defecto donde ella lo viese. Su figura pequeña pero algo voluptuosa la hacía ver fuerte, imponente, la hacía parecer de la otra raza, los fuertes. Razón por la cual, dejaba de comer, decía que se alimentaba del teatro, pero de esto hablaremos después.

Por ahora, me basta con decir que deseaba desaparecer de ella cualquier rasgo que la hiciera ver fuerte, que la hiciera ver mujer y llegaría hasta lo imposible para lograrlo, porque ésta era posiblemente su única meta.

Los débiles contenían dentro de su gentil alma un pequeño radar para detectar otros débiles y brindarse amor entre sí. Así como también podían determinar a los fuertes, a los cuales se sabía era riesgoso amar, se trataría de una relación en la que por la condición de desigualdad, uno comería y el otro sería comido.

El débil, por supuesto, sería el alimento del fuerte, sería lo que el amor es para el débil.

Ella se encontraba en una relación así, donde su parejo no llegaba a medianoche, no bailaba con ella el vals de la dulce conquista, sino por el contrario aparecía como un hambriento lobo feroz en busca de su presa, por lo cual hacer el amor era imposible sin violencia, resumían en ese acto su debilidad y fortaleza, su pasión. El deseo que los quemaba por dentro, que ardía por sus venas y se liberaba en un simple y maravilloso orgasmo.

Cometía asesinatos cada vez que hacía el amor, sus pequeños soldaditos que eran su alma morían sin piedad, como judíos en una línea de fuego de los alemanes. Uno por uno, con un tiro en la cabeza. Así que ella se hacía la sorda, para no escuchar el tiroteo, para no sentir. Qué ironía, hacía el amor buscando no sentir, y ese no sentir para ella, era sentirlo todo al tiempo y tan rápido que colapsaran los sentimientos en ese orgasmo, en ese no sentir.

A pesar de ser débil, sabía que su padre era fuerte y por eso ella cargaba dentro de sí, el fuego de la vida, una pasión inmensa que se le salía por los ojos al pintar, fotografiar, escribir, al expresarse. Vomitaba pasión hacia el mundo, un mundo frío y austero donde su arte no era mayor cosa, donde su vida no valía lo suficiente.

Más que pertenecer a los débiles o a las fuertes, sabía con certeza que llevaba el símbolo del artista, tenía tatuado en su alma esta raza tan peculiar, un camino solitario y tortuoso. Por lo tanto, que tuviese raza de artista la hacía más débil aún, sus sentimientos serían dentro su cabeza la mayoría de pensamientos, por lo que podría decirse indiscutiblemente que aquella joven guardaba su cerebro en su corazón.

Frecuentemente tenía deseos suicidas, venía inherente a pertenecer a los artistas, y es que ¿qué artista no ha estado tan exhausto de la vida que prefiere morir? Sentía punzadas en el estómago, en el pecho, en los pies, ardía ese fuego dentro ella y expulsaba sus demonios a través de la pintura, de escritos que jamás saldrían a la luz, de cuadros y paredes que plasmaban una crisis sentimental entre su alma libre y su cabeza encadenada.

Una noche en medio del sexo, se vio frente al espejo y deseo cambiar todos los aspectos de ella, quería ser fuerte e independiente como las demás mujeres que caminaban por las calles de la cordura y de lo terrenal, pero cuando recorrió esas calles sólo se perdió aún más, ese sitio no fue hecho para artistas, no fue hecho para aquella alma tan leve. Sus ojos veían más de lo que debían, le gustaban los hombres y las mujeres. Su boca quería el riesgo, su corazón lo seguro. En ella, se hallaban todas las grandes contradicciones entre el alma y el cuerpo. El aspecto terrenal, los huesos, la piel, los labios, el pubis, deseaban la más pura y simple forma de levedad, el orgasmo, uno tal que contuviera los 5 sentidos, el tacto entre la espalda y las uñas, el olor de las hormonas alborotadas, el sonido de aquella respiración pesada en el cuello, el sabor de unos labios ya con dueño, la vista de un cuerpo escultural siguiendo el vaivén de sus caderas. Sus piernas querían encontrar su molde perfecto en el que sin importar el sitio encajarán a la perfección con su sexo, su espalda deseaba arquearse de maneras imposibles, que contarán sus vertebras una por una, que se excitarán de su pequeña figura elegante, en resúmen, su cuerpo quería un compañero a la par, quería otro cuerpo que buscase la levedad en el encuentro carnal de dos pares de labios, de dos mundos uniéndose en el campo de lo vetado, quería un cuerpo que tuviese ya un dueño y para el cual acostarse con ella representase una traición a su mundo, una infidelidad necesaria, un escape momentáneo de las diversas imposiciones sociales.

Al querer un cuerpo ya con dueño, se negaba la oportunidad de amar. Su cuerpo se negaba a los pequeños besos en un parque, a los abrazos amistosos en público. Su alma, en cambio, rugía por dentro, rogaba por unos brazos que la cuidasen, rogaba por ser dueña del cuerpo de alguien más. Su aspecto celestial buscaba su levedad en el amor, buscaba otra alma tan leve como la suya en la cual sus encuentros fuesen perfectos, sus discusiones fuesen medidas, su pasión se desembocará en sus caricias, quería encontrar la vida que le faltaba, quería encontrar una extensión de su pelo. Su alma pretendía amar a quien quisiera pusiese su mundo a sus pies, al mejor postor que le dejase ser dueña de los impulsos creativos, de los ratos libres, de los juegos infantiles y de su pasado.

Ella, por tanto, era la representante máxima de todas las discusiones, de los miles de intelectuales y filósofos que afirman la separación del alma y el cuerpo, de los millones de años en los que el alma ha querido imponerse sobre el cuerpo, y este en protesta, se libera sexualmente, cambiando así sus ideales y su corazón, dejando al alma en la más pura de sus esencias, simplificándola y elevándola a su máximo punto de levedad.

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