Friday, June 24, 2011

Ella.

Ella llevaba a cabo una rebelión en su cuerpo, una revolución escondida, más poderosa que una bomba nuclear, capaz de destruir a los hombres, era una revuelta contra la sociedad, contra lo que nadie decía pero todos sabían.

Ella en sí, era el producto siniestro de pensamientos puros, idealistas, era más que un resultado: la prueba maestra y fehaciente del estado de alerta en que se vivía, de la crisis que el hombre sin dios encontraba en sus entrañas. Se sentía tanto pánico que ya nadie lo notaba, ella se atragantaba en su miedo hasta hastiarse y reventarse el estómago, y cuando ya su cuerpo parase de tragar, vomitaba. Vomitaba en palabras todo lo que jamás pudo con el alimento.

Su compañero, por el contrario, presentaba una sanidad mental anormal para esta época, así que le hablaba, la calmaba; hasta una roja tarde de primavera en la que estallaron en peleas. La rabia les había ganado. El cerró la puerta de su habitación con desprecio, bajo al lobby, le pidió un nuevo cuarto a la recepcionista y le gritó colérico que no importaba el dinero, ella haciéndose la indiferente le arrojó otra llave y anotó su nombre en un pequeño papel junto al teléfono: Andrés García.

Ella nunca había aprendido a controlar sus emociones, su actividad más frecuente, su costumbre más cruel era atiborrarse sin parar, llenarse las tripas de mentiras, de basura. Su sentido más agudo era su paladar, saboreaba todo lo que tocase sus labios, las locuras, los besos, las verdades, la hipocresía. Pero su alimento favorito eran las emociones ajenas, los ambientes cargados de almas afanadas y los ojos de los mentirosos. Comía y comía, degustaba lentamente entre sus dientes, masticaba, pasaba saliva, bajaba el alimento y agrandaba la úlcera de su estómago, se llenaba más no se encontraba satisfecha. Se devolvía la comida por el esófago, trasbocaba. Hallaba el mismo placer sentimental en vomitar y en comer.

Para contrarrestar su ansiedad de regurgitar, ponía a dieta su corazón, lo volvía inmune al hambre, así su alma rugiese y se revolcará en sus intestinos. Su autocontrol superaba la mediocridad del hombre contemporáneo a ella, sus anhelos acababan donde empezaban sus deberes físicos.

Se despertó tres días después en un cuarto blanco llena de cables y vías intravenosas, miraba borroso pero alcanzaba a determinar a Andrés dormido en un sillón. Pretendía hablar pero solo salían sollozos, afortunadamente el los alcanzó a escuchar y se reincorporó de inmediato y lo único que dijo despertó por el completo el corazón de ella. Le había revelado sus infidelidades, sus engaños y su deseo de que ella fuese feliz sin él. Al terminar de pronunciar esta sentencia salió de la habitación, le dirigió unas pocas palabras al médico de turno y se fue. Se había ido para no volver, para cambiar de vida y le había dejado su corazón, ya que este solo era como un accesorio que colgaba de esa marioneta dura y blanca que se hacía pasar por Andrés.

Ella, que tanto luchó, que lidero las mil batallas, que proclamó cada vez un territorio como suyo en aquel cuerpo extraño que habitaba, que acabó por conquistar la mente humana, soltó las cadenas y las destruyó.

Sin analizarlas ni entenderlas, y si esas cadenas unían sus brazos y piernas con su tronco, y sostenían su cabeza, entonces ella se hubiese destruido a sí misma sin el menor conocimiento, sin las ganas de un suicidio, sin nada más que su propia mente.

Ella fue, es y será el eslabón que une lo perfecto y puro con lo oscuro y lo húmedo, el hilo de oro entre los opuestos, entre el todo y la nada.

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