Tuesday, June 21, 2011

El alma y el cuerpo

-Porque el pasado siempre deja huella, o al menos eso se dice en las calles. - Dijo aquél hombre desolado sentado en la misma banca del mismo parque a la misma hora de ayer.

Sólo pensaba en aquel instante en que pudiera sacar ese demonio y por fin asesinarlo, creí hacerlo. Pero al verla fue como si ese demonio jamás hubiese conocido la muerte, fue el despertar de un tormento ya vivido, viejo pero no por eso débil. Era tal vez el más fuerte, conocía cada rincón de mi cuerpo como si fuera la palma de su mano, sabía cómo sería capaz de reaccionar. Este demonio era el culpable de terapias, habitaciones encerradas, sacos. Recuerdos que provocan querer ser aquellos olvidadizos que ni se acuerdan para donde iban o con que propósito. Amnésicos, ese es el término adecuado para estas personas.

Y aquella brutal bestia provoca en mi una ira incontrolable, una locura sin igual, la pasión de un adolescente, la soledad del abuelo olvidado, la alegría de un infante e incluso la tristeza de una viuda.

Los actos ya no son controlados por la mente, ni siquiera por el instinto de supervivencia. Ahora son posesión de él, ya que sabe exactamente como manipularlos y lo hace de manera tan cruel que prefiero decir que no soy yo. La ira que el desprende es casi irracional sin ninguna causa completamente elocuente, produce agresividad, un salvajismo tal, que se requiere de aislación como un animal con rabia.

La locura, esa dulce amante que viene siempre con el fiel amor. Esta es diferente al resto, no por incluir de todas un poco, sino por el comportamiento tan bizarro que puede tener. Es pasiva y agresiva, es celosa pero libre, es odio y amor, llanto y risa, un drama medieval, la utopía soñada de cualquier escritor romántico. Cada vez me sorprende, porque saca partes nuevas de mí, mejores y peores. Pero siempre intenta ser más cuerda y al menos encontrar un motivo existente y real.

La siguiente es algo espontanea, sin predicción y un tanto voraz. Se me considera avaro pero sería mejor decir que es una obsesión por tenerte aún más, por dejar el conformismo y poder poseer lo imposible, tu mente. Me ataca a ratos cuando no estás, se mete entre mis oídos y llega al cerebro, se carcome mis neuronas con la idea de querer aún más, me agota, me desespera, me cansa, me encanta. Son las ansias, el deseo de inspirarme más, de hablarte más, de verte siempre, de encerrarte en una pequeña bola de cristal y ni eso sería suficiente para lograr el poder que me hace alucinar. Si mi corazón pudiese crear un saco de fuerza para amarrar el tuyo y tenerlo controlado y cerca siempre, sería tal vez el hombre más feliz de este país.

La bestia entonces empieza su metamorfosis del deseo al odio, del ocaso a la noche. Culmina su pecado con uno mayor, la envidia. Que corazón tan verde el mío, si deseo matar a todo aquel que pose sobre ti siquiera una mirada, ahuyentar a todo el género masculino si tuviese que hacerlo. Mi mente lucha, mi corazón cabalga y mis ojos dan volteretas de celos. Si yo no puedo verte, nadie lo hará. Si yo no soy feliz contigo, nadie lo será a tu lado. Y es que si te observan a los ojos tendrían tu alma y la mía, ya que la deje entrar a través de tus pestañas desde que te vi. La bestia ruge, se retuerce por ser el único dueño de todo aquello que guardas en el centro del estómago, por ser él por quien tu alma llega a la profundo del corazón a hablar, a dejar de salir de los huecos de la cara a los pequeños soldados que la conforman.

Seguiría describiéndote como es esta bestia que habita en lo más recóndito de mi ser, pero ya es muy tarde. El hambre de esta pudo contigo, se atraganto entre tu pasión, te digirió mientras aún podías pensar. Lamentablemente también pudo conmigo, llego a mi cerebro y acabo con mis venas, se interpuso entre mi sangre y el corazón, y como bien ya sabes, la sangre fría es como arena para el sediento. Aquél que me atendió supo acertadamente pronunciar la última frase sobre mi cuerpo: “Despacio y sin afán ocurre la muerte de sus sentidos, del alma cuyos vicios tan grandes alcanzaron sus virtudes. El alma, aquella pesadez que llevamos siempre en la boca del corazón.”

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