Sunday, March 25, 2012

Me consumen, me consumen las ganas de un beso.
Me arde, pero me gusta.

Fuego, fuego a la casa, fuego a su cabeza, fuego a su espalda.
Que sale de la lengua y llega a mi boca, a mis labios secos y resentidos.
No se describe, se siente, se huele, se escucha, pero jamás se podrá escudriñar en palabras y esperar que se entienda.
Que entienda que sí es posible quemarse de un beso, de una nalgada.
De unas manos curiosas en la espalda, en las piernas, que se suben y bajan como un péndulo travieso.
Arrancarse las ganas, sí es posible. Traicionar por gusto, también.
Que digan que no se puede, que no es lo que debería ser.
Díganlo mientras me robo el fuego, y quemo todo. Quemo mi lengua, mis párpados, mi cabello.
Grítenlo mientras triunfante le dé un beso y luego mienta al respecto.

Mi cuerpo grita más fuerte, mis dientes muerden más duro que cualquier otra que hayas probado.

Porque este, éste sí es mi único lenguaje, no hay manera de ocultarse en otros labios, y afortunadamente los míos han estado en los que haya querido.

Dentro de ese lenguaje, soy todo lo que quiera, soy una puta, una princesa, una stripper, una bartender y una bailarina. Soy todo lo que se me venga en gana de ser, puedo ser la de las piernas largas y ligueros, puedo ser la que no tiene pudor, la que se quita el sostén pero no se atreve a tocar sus bragas, la que anda muy bien vestida y puestesita pero sin nada debajo. Puedo ser la confianza y seguridad que no logro en cualquier otro lenguaje, y eso, eso querido mío, vale más que un revolcón.

No se trata del revolcón, se trata de quién soy cuando beso, de todas mis facetas conjuntas en tan sólo otros dos putos labios como los mios.

Se trata de qué tan rápido puedo calentar, y de que tan despacio puedo enfriar.

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