Volver al inicio.
Volver al lugar donde todo empezó, donde alguna vez todo ocurrió.
Donde aprendí a amar, a morir y a elevarme.
No sé exactamente qué buscaba, qué perdí, qué dejé ir.
Pensé que tras un poco más de una década, nada de esto existiría.
Simplemente, asumí un paso fugaz, un pequeño cuento de 7 páginas cargado de emoción.
Disociarse y enajenarse para leerme.
Creo que escribía al revés, creo que sin saberlo escribía para el futuro inconcebible en aquel entonces. Escribía para leerme de fin a principio. Me dejé caramelos amargos y dulces y salados en conversaciones con fantasmas. Soy un sabueso que no sabe que el bosque lo ha visto pasar cada noche, que sus garras han recorrido los mismos caminos gastados y sin césped, que sus ojos están ciegos de admirar las mismas estrellas.
Pero nada parece lo mismo, nada se ve igual, nada… o todo es diferente, todo es nuevo... todo
Vuelve y juega la metáfora vieja y gastada que establecí a los 17. Todo o nada.
En eso, tuve razón, Mi vida jamás estuvo destinada a los intermedios, ni al té tibio ni al mar calmado.
He explicado en palabras torpes todo lo que no pude nombrar en vida, llevo un récord de mi dolor, de la tristeza, del amor y de la alegría que he sentido.
Sabias fueron mis palabras, ya sabía yo de mi problema, mis dudas, mis algoritmos sin solución.
"Su alma noble consideraba el amor como un evento primordial, azaroso, y celestial. Si era un milagro, entonces podía rogar, quitarse la dignidad, despojarse del orgullo y hacer entonces cualquier cosa en nombre del amor, que en su cualidad de milagro aparecería sólo unas pocas veces, de manera repentina y sin saber cuándo se irá."
Aquí está, el famoso monstruo en la habitación. El miedo infantil, el hastío del adolescente, la amargura del adulto, la pena de una chica cualquiera.
Un amor condicionado y confinado a estructuras sociales poco lógicas y fluidas.
El sabueso olfateó los rastros de nostalgia y encontró que me había regalado las letras más dolorosas y suculentas. Quería ir hacia el final, pero ya no sabía de dónde había partido.
El amor, la miseria, el autoengaño, la traición
Todo podría ser la historia de cualquier chica más, de cualquier adolescente que desea incendiarlo todo.
Pero ahora, es la historia de la mujer que camina sobre cenizas y carcasas calcinadas.
Ha sepultado tantas versiones de sí misma que ya lleva siempre cerca del pecho un lirio para el funeral y un vodka para celebrar.
Había olvidado que había jugado mi corazón en cada ruleta rusa que encontré, que lo permuté y lo alquilé.
¿Cómo es posible olvidar el mito?
¿Acordarse de la niña, pero olvidarla cuando crece?
Aposté, jugué, ofrecí y vendí mi amor.
La luna iluminó el bosque en el que sabueso andaba, y éste vio por primera vez los árboles.
Pensaba que los días antes de él habían sido sólo trágicos y llenos de vacíos en el estómago.
Cuando resulta que también fueron llenos de amores profundos, fugaces y banales, platónicos, románticos, sexuales y trágicos e indescriptiblemente dolorosos.
Sólo he sabido amar con intensidad y sentirlo todo en este pequeño corazón que siempre busca salirse.
"Me alegré de saber que la palabra odio no existía claramente en mi cabeza, que cuando intenté definirla no pude y caí en cuenta de que mi única causa fue siempre el amor."
En mí estuvo contenido siempre el final y el inicio, pero vivir me costaba y cuando por fin el dulzor de la muerte dejó de rondar, se había llevado consigo fragmentos, largometrajes donde se le releva al espectador el leitmotiv mientras la protagonista cegada de ver la misma estrella recupera el aliento.
"Ella da y da… no le interesa recibir, es un amor puro sin deudas ni facturas. Ama al más débil, al necesitado y para ella nada. No espera amor como cambio. Espera atención. Si esperar ya estaba mal, que fuese atención, solo la convertía en un ser complicado, de cuyas fuerzas aún hoy en día me pregunto si eran reales o solo egocentrismo."
Tanto recorrido olvidado para llegar una década después con la misma necesidad de aprobación, la misma sensación de ser insuficiente. Lo que no sabía era que el olvido me había salvado en un instante y condenado al eterno retorno.
El cuerpo cansado del sabueso se recostó en el tronco que lo vio crecer, detalló el césped gastado por sus propias garras, sintió la desesperación de su juventud y el hastío de su poca adultez, pensó en la luna que ya no brillaba, en el olvido que acabaría por consumir el bosque.
La mujer de los mil funerales ahora también es la mujer de la boda, de la risa fuerte y de la valentía universal.
Haber sentido el corazón detenerse y ver los marineros salir por los ojos la hizo ligera, la hizo traicionarlos a todos y a ella misma, como alguna vez prometió.
Fue suficiente para saber las ridiculeces del amor y la pesadez de la existencia.
Fue suficiente en cuanto todas aquellas personas que amó la recordarán en su desastre y caos, y desearían haberse aventurado y entregado a la ruleta rusa con ella.
El arte le dio tanta atención como ella ha querido, ha tenido escenarios de un único e inmortal espectador y de cientos y miles de desconocidos irrelevantes.
Al final, ya sabía ella que su hambre no era física, que su alma rugía. Esa alma incoherente y poco aferrada a la tierra le pidió arte y ella, tal vez, por única vez en su vida, obedeció la instrucción sin saber que de ahí colgaba una de muchas que no moriría ni pertenecería al ejército de cadáveres bajo sus pies.
La incertidumbre llenará espacios, la nostalgia tendrá un nuevo recorrido en la piel, tal vez en los días de sol intenso y sed. Sin embargo, leer al revés y empezar por el final alargó las venas de la mujer que quiso ser serpiente.
u r ó b o r o
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